Me bajé del autobús yo solo; los demás viajeros se quedaron arriba. Dejé mi mochila en el piso y cuando me regresé a despedirme de mis acompañantes, el autobús junto con el chofer y los viajeros ya estaban varios metros alejados de mí. No me pondría a perseguirlos: no era como que me estaban dejando tirado. Ya estaba donde quería estar. Nunca me preocupé por la forma de regresar, pensaría en eso después.
Cuando llegué a la Central de Autobuses la señorita encargada de la taquilla me vio extrañada. â??¿Por qué quieres ir a San Yin?â?, me preguntó. Le expliqué que soy fotógrafo y que siempre me habían interesado las ciudades abandonadas (me esforcé por no llamarlas â??ciudades fantasmasâ? pues no soy creyente en lo sobrenatural). Le dije que cuando supe de la existencia del pueblito me propuse realizar una sesión fotográfica ahí, donde la nada era el único habitante. 3 segundos más tarde me di cuenta de lo pretencioso que me escuchaba.
Los ojos de la señorita (Juliana) seguían llenos de extrañeza y desconfianza.
–¿Qué no sabes que en ese pueblo sí hay gente?- Me dijo entregándome mi cambio y mi boleto.
Pues según los libros que he leído, en San Yin ya no hay gente, pensé.
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El fin de semana una de mis hermanas le compró los uniformes escolares a mi sobrino. Estaba realmente indignada porque mi sobrino subió una talla!!! como si de verdad fuera una tragedia.