La primera parte de la historia está aquí.
Poco a poco, la oscuridad fue desapareciendo. No supe cuánto duró mi inconciencia. Trataba de enfocar mi vista hacia las figuras que se movían despacio, como si la vida las tuviera que esperar. Estaba acostado y no alcanzaba a recordar claramente lo que había pasado. Pudo haber sido un mal sueño, quizá había despertado de un coma y mi familia estaba esperando a que reaccionara. De un solo golpe mi vista recobró su nitidez y recordé donde estaba. Los seres se acercaron a la cama en donde estaba tirado tan rápido como pudieron y al verlos grité con todas mis fuerzas. Me busqué mis piernas; ahí estaban, mis brazos no los hallaba, pero porque me habían amarrado a la cama. Seguí gritando, pensando que alguien llegaría en mi auxilio.
Uno de ellos tenía colgado un pequeño pizarrón blanco sobre su torso. Sacó de un bolsillo un marcador y empezó a escribir en el pizarroncito.
SOMOS PACíFICOS.
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El fin de semana fué cumple de mi compadre el Alex, como el bato organizó una carne asada con todo y chelas bien heladas
Es relativamente frecuente toparse con personas instaladas perpetuamente en la amargura, en la tristeza, el pesimismo y el desinterés. La primera pregunta que nos asalta cuando nos encontramos con estas actitudes es si son el resultado de una insistente acumulación de disgustos, mala suerte, decepciones, desengaños y fracasos a lo largo de toda una vida. Todos conocemos a personas empeñadas en encontrar el lado negativo de todo lo que acontece a su alrededor: son los pesimistas tenaces.
Hay películas que simplemente no deberían existir.