L@s blogger@s asiduos recordarán con cierto cariño/odio la primera entrega de la serie Bizarrezes Magisteriales, en donde servilleta relata las aventuras (tenebrosas en su tiempo, divertidas con el paso de los años) de la maestra de primaria más extraña de la historia.
En la segunda parte de nuestra trilogía analizaremos una parte muy importante para el desarrollo estudiantil en la educación primaria: los golpes y castigos corporales. Ultimamente, platicando con familia y amigos puedo darme cuenta que hoy en día es muy raro ver casos en los que un maestro abusa físicamente de sus alumnos. En mis tiempos era algo bastante común, visto como una práctica normal hasta cierto punto, pero en generaciones pasadas era la regla, y la crueldad con la que se aplicaban estos «correctivos» no era ningun secreto.
No vamos a discutir sobre la validez de estas prácticas, mejor platiquemos sobre el ingenio de cada maestro para aplicar el castigo más original; como ya lo hemos dicho, en el momento en que te pasa, no es la cosa más divertida del mundo, pero sí puede llegar a serlo cuando lo ves de lejos.
En el caso de quien escribe, éste nunca recibió castigos muy fuertes, pero sí eran lo suficientemente agresivos como para querer portarse bien, o por lo menos esconder muy bien las maldades. Por ejemplo, la maestra de tercero y quinto, famosa ya en nuestro blog aplicaba el pellizco de cachetes a diestra y siniestra; este no era un castigo muy doloroso, pero sí llegaba a molestar por ser tan repetitivo, pues a veces era acompañado de un regaño y otras por una frase de cariño, onda «Â¡que bueno que te sacaste diez en el examen, chuchito!», por lo que la incertidumbre reinaba en ese salón de clases.
El maestro de sexto, Gildardo, tenía predilección por las patillas de sus alumnos, jalándolas con fuerza para acercarlas lo más posible a su otra mano, para así tomar la otra patilla. Este correctivo era muy doloroso pero no era aplicado con tanta frecuencia, así que no había tanta bronca con portarse mal. Paréntesis: Este maestro era el rey de la rutina. Todas las mañanas antes del receso, la cosa era la misma: Copiar una lección completita, conjugar un verbo con todos los tiempos posibles, así como post-gerundio o algo así y para finalizar hacer alguna tabla de un número elevado, como la tabla del 24, sin calculadora; uno solo escogía que hacer, pasarse toda la mañana haciendo todas esas aburriciones del ciclo del agua, o bien, irse a la parte de atrás (el salón era muy grande) a hacer desmadre inadulterado :).
Volviendo al tema de los golpes, la que se lleva el premio por ingenio y por nivel de dolor es la maestra de cuarto. Su actividad favorita era obligar a los alumnos a juntar las yemas de los dedos hacia arriba para golpearlas con la parte dura del borrador. Auch. Duele como se oye. Y era doloroso recibirlo igual que verlo. Aunque bueno, había un lado sádico en tí que hacía que te rieras un poquito por dentro cuando tu compañero recibía el borradorazo o abría la mano de miedo para sentir el golpe en la palma de la mano, solo para ser obligado a volver a juntar las yemas. Hasta que no las cerrara. ¿Qué pedo con eso?
Creo que esos son los castigos que recibí en mi edad de educación primaria, ya en la secundaria se acabaron los golpes, pero creo que tenía mucho que ver con estar en una secundaria llena de homies carga-pistolas, pero esa, esa es otra historia (nanagoyazo).
PD. Este… ¿cuál fue el castigo más original que recibieron en la escuela?