Hablar de impuestos es algo desagradable para el contribuyente. Desgraciadamente es una de las principales fuentes de ingresos que tienen los gobiernos para tener recursos que repartir a tanta gente que vive con una mano extendida.
Los impuestos son tan viejos como la propia Biblia. Recordemos que el buen Yahve exigía un 10% de todo lo que el mismo les daba «desinteresadamente» a sus hijos. Además a ese porcentaje hay que sumarle un día a la semana en el cual sus hijos debían interrumpir sus actividades para dedicarlo íntegramente al dios tan todopoderoso, pero tan todopoderoso, que necesitaba descansar un día despues de haber trabajado seis.
Cuentos aparte, es un dato documentado que la primera vez que se cobro un tributo directo sobre el ingreso de los individuos fue en 1798, cuando el primer ministro inglés William Pitt propuso en el parlamento un tributo del 10% sobre los ingresos de las persona que ganaran más de sesenta libras anuales. Anteriormente solo se habían cobrado gravámenes sobre la propiedad y los productos pero nunca sobre los ingresos.
Ya en un ámbito mas local, Antonio López de Santa Anna demostró mucho tiempo antes del PRI, que nuestro país siempre ha sido un paraíso para los políticos, ya que en 1853 emitió un manuscrito en el que se estableció el pago de cuatro reales por cada canino (por cada perro, pues) como contribución. Tiempo despues, fijó un impuesto por las puertas y ventanas exteriores de los edificios urbanos y rústicos de la República.
Y a pesar de todos estos años de saqueo, el pueblo de México sigue en pie. Mas flaco, sudoroso y tembloroso que mi mano derecha, pero sigue ahi contra todos los pronósticos y a pesar de nuestros gobernantes que se sienten emperadores.
¡Fuck! Hoy ando muy patriótico ¿no?
Fuente: Crónica gráfica de los impuestos en México, Siglos XVI al XX.